A veces le gustaba sentirse admirada, sentirse deseada. Ella también como cualquier mujer era vanidosa. A veces soñaba en ser como Marilyn Monroe. Era terriblemente hermosa. Tenía la segunda sonrisa más bonita que había visto en mi vida. Venía del sur del país de los revolucionarios. Ella era media india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo que curvaba al espacio, al tiempo y la luz alrededor de ella. Era fuego y humo – danzante y fluido. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Ella siempre estaba muy alegre o muy triste, muy vestida o muy desnuda. Para ella no había término medio. Los hombres le veían como un máquina sexual; muy pocos miraban más allá de su cuerpo. En la profundidad de sus ojos, en el laberinto de sus ideas, en la inmensidad de su franqueza azul. Pocos sabían que ella pintaba y cantaba a escondidas en las orillas de su soledad. Hoy pensé en ella en cada hora – cuarenta y ocho minutos. Cierro los ojos y viene a mí el recuerdo de su acento nocturno, cuando todos dormían y apenas amanecía nuestra noche; cuando se acercaba sigilosamente como una pantera negra y me rugía al oído: Desnudate no eres culpable… Liberándose de todo prejuicio y siendo quien deseaba ser en ese momento. Comenzábamos a acariciar nuestros miedos, besando cicatrices y dejando escapar gemidos, gritos y un más, más, hasta en enloquecer… Y después de un silencio unísono. Le abrazaba a mi cuerpo y nos dejamos arrullar y acurrucarnos por el ritmo de nuestros corazones desbocados. Aquella noche descubrí quién era, al verme en sus ojos…

Bailando en la oscuridad
─Christiam Bustamante