Me disparó a quemarropa con una mirada de calibre veintitrés – directo a los ojos -. Justo en la esquina de calle ilusión y la avenida esperanza. Era distinta sideral y bonita y delicada de modo perverso, como el desnudo de un abismo. El cuerpo muy blanco, el pelo muy negro, el alma inclinada hacia atrás. Su sonrisa iluminaba su extrarradio como la luna a la oscuridad ; en sus pestañas el aire tocaba sinfonías de sirenas. Los ojos le centelleaban como si le hubiera caído un puñado de estrellas. Fue orgasmo a primera vista. Yo había perdido completamente el sentido espacial; parecía que estábamos caminando por los anillos de saturno; y no existía nadie más que nosotros… en todas las profundidades estelares. Solo dos vidas, un instante, la plenitud, la juventud, el sexo, la rebeldía, el amor, y el deseo nos atravesaban el “corazón” como cometas fugaces quemándose a gran velocidad. Advertí y comprendí en ese instante que nunca más la volvería a ver – que era un encuentro de una vez para siempre – y que estábamos ¡viviendo una vida juntos!, comprimido en – un – segundo – eterno. Sin besarnos, sin tocarnos, sin desnudarnos, sin olernos, sin lastimarnos y – sin conocernos.

Bailando en la oscuridad
─Christiam Bustamante