Victoria se había ido de mi vida, un día simplemente desapareció pura e infinita. No supe nada de ella, no volví a verla. Desde aquel día empecé a leer mucho y a beber mucho. Y mis penas caían como polen entristeciendo a las flores. Los días pasaban como un sueño, y las noches eran la continuación de otro sueño. Sus recuerdos penetraban mi pecho como flechas envenenadas con amor. Cuando estaba toda acicalada y coqueta me preguntaba si estaba bonita y la quería. Yo instantáneamente sonreía y le decía que sí. La rodeaba con mis brazos y le daba un beso ligerísimo. Y le susurraba al oído palabras sin sentido que ella sentía. La esperé cien días y cien noches solo – acompañado de mi deliciosa soledad. Hasta que un día regresó alegre y dichosamente con sus pasos gloriosos. Sin decir una palabra me abrazo y cuando abrió sus brazos – yo ya no existía…

Bailando en la oscuridad
─Christiam Bustamante